Saduceos (PP). Fariseos (PSOE): Mentirosos habituales

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(Salvando las distancias milenarias histórico-contextuales-antropológico-religiosas, sectáreo-cismáticas, en parte, o escuelas "filosóficas" y clases sociales etc. de los pueblos más o menos sometidos al poder o poderes e imperios de turno). 

Las jerarquías político/religiosas del Partido Saduceo (PP), y las jerarquías político/"reformistas" del Partido Fariseo (PSOE) tienen un nexo común, pese a algunas diferencias ideológico-económicas cuyo énfasis se pone de manifiesto, especial y terminológicamente, durante las campañas electorales. La triste realidad es que ambos partidos son mantenedores del estatus quo actual del mundo, en general, y del país específico, en particular. Ambas corrientes tienen sus fieles como sus "protestantes" y alguna oveja descarriada, lo cual no impide la "mayoritaria obediencia debida" a sus respectivas jerarquías en momentos confusos como el actual.


En el caso Pepero sus fieles de siempre han sido (y son) los neofranquistas modernizados, las grandes fortunas, la Banca y sus banqueros, las Corporaciones Trasnacionales, los grandes (y no tan grandes) empresarios o tantos amigos/as que ocultan sus negocios y beneficios derivados en Paraísos fiscales, algunos de los cuales se tornan en ocasiones enemigos (Bárcenas; los Gurtel...) o se intentan obviar (Rato), cuando cierto periodismo de investigación maldito saca a la luz trapos sucios hasta entonces bien guardados.
Aliados permanentes del Partido Saduceo son también, inevitablemente, las jerarquías eclesiásticas. Esas que olvidaron hace ya demasiados siglos un mensaje básico del bueno y radical Jesús el Galileo: No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti (aunque eso pasa en todas las religiones, institucionalizadas o no). Y tiempo "a" que no leen en sus homilías aburridas el evangelio de Santiago. (salvando las espectativas apocalíptico-religiosas del siglo uno y el feroz patriarcado existente en relación con el adulterio y todo lo que tuviera que ver con cuestiones sexuales, también como oposición y represión al paganismo y cultura greco-romana en el naciente cristianismo (entre otras muchas cuestiones que no vienen  ahora al caso).

El poder eclesiástico se ha impuesto por muchos motivos a través de los siglos, adormeciendo y manipulando a la masa asimétrica (humilde o no) que todavía le sigue como manada. Y todos juntos votan al PP. Existen voces críticas en esa gran familia cristiana y católica: Cáritas; Oxfam, Manos Unidas, como teologías cristianas alternativas... Todas insuficientes.


En el caso Pesoero  la historia (antigua) les justifica un tanto, no así la historia presente, puesto que junto a la Social Democracia Europea (antaño socialista) ha ido rebajando su, en origen, reivindicación de los derechos sociales de las clases trabajadoras (baja y media), a medida que iba ocupando durante las últimas décadas estratos de poder, sillones democráticos y privilegios consustanciales a la clase política, alternando el poder con sus otrora adversarios políticos y acercándose progresivamente a premisas y objetivos de la derecha política y económica global que gobierna el mundo, agachando la cabeza ante las imposiciones neo liberales foráneas, aplicando sus políticas así como justificando la desregulación de los mercados y obviando los paraísos fiscales y capitales especulativos no productivos que campan a sus anchas sin apenas control democrático por parte de los gobiernos, a costa de lo público y de la explotación laboral de las capas más humildes de las poblaciones.

Estracto

Cierto es que la propia creación del Estado de bienestar aparece como una excepción a esta lógica incompatibilizadora de la democracia liberal. La conflictividad mostrada por las relaciones mercado-sociedad en el mundo laboral bien podría haber parecido difícilmente compatible y universalizable en los momentos originarios de la socialdemocracia. No obstante, si esto ha sido posible y se ha logrado la incorporación de los segmentos organizados de la clase obrera al sistema político liberal ha sido gracias al alto nivel de movilización y organización alcanzado por la clase trabajadora, que impidió la represión de sus demandas y logró su compatibilización en los márgenes del marco institucional de la democracia competitiva. 

La articulación del pacto keynesiano con sus mecanismos corporativos de dirección y planificación - en lo referente a inflación, productividad y empleo- ha encontrado su sustento en formas no parlamentarias de representación, de resolución de conflictos y de adopción de decisiones (consejos económicos de representación tripartita entre patronales, sindicatos y gobiernos). No obstante, y a pesar de los consistentes réditos políticos y electorales de esta estrategia durante casi tres décadas, dos factores relativizan su éxito desde una perspectiva histórica más amplia, especialmente si se entiende que la crisis de los setenta no fue la causa sino la señal que estaba esperando la economía occidental para expresar su enfermedad (Castells, 1980). 

Al articularse la estrategia socialdemócrata en la variante tecnocrática corporativa dentro de un proceso de especialización de la vida política, la institucionalización de este ámbito de negociación del mundo del trabajo industrial fue adquiriendo en el contexto de una estructura social en profunda mutación un carácter progresivamente particularista (y excluyente) a los ojos del resto de la sociedad, especialmente allí donde actuaba la socialdemocracia "corporativista" (Esping-Andersen, 1990). Por otra parte, en la medida en que lasolución keynesiana ha mostrado profundas brechas a partir de la crisis del petroleo de los años setenta, y comienza a vislumbrarse desde la lógica de la reproducción transnacionalizada del capital los problemas de "ingobernabilidad" que presenta el pacto keynesiano, éste ha ido perdiendo vigencia paulatinamente, al tiempo que ha puesto de manifiesto cómo el abandono de aquellos elementos transformadores de la tradición socialista creaba un "vacío referencial" que arrojaba a la socialdemocracia en brazos de la más desnuda gestión y del más estricto presentismo (Galbraith, 1992). 


Sus declaraciones acerca del logro de una sociedad más justa y más libre, propias de las exigencias electorales en sistemas de partidos "acaparadores", veían con cada vez mayor dificultad una articulación real en el corto plazo, siendo el resultado final la consiguiente frustración de la ciudadanía y una actitud receptiva hacia discursos (denominados) populistas.